Los sueños y el destino

Podemos tener un sueño, o quizás muchos. Sueños que no se desvanecen a pesar de todas las piedras que nos podemos encontrar en el camino, dificultando llegar a nuestra meta. Pero, ¿cuánto vale un sueño? ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar, a trabajar, a sufrir por conseguirlo? 

Tenemos sueños sólidos, ideas que parecen que podemos tocar, destinos que vemos cerca de nosotros, pero por más que andamos y andamos nunca llegamos a ello. Y nuestras fuerzas se agotan, nos decimos a nosotros mismos que no somos capaces, que no valemos para ello, que no somos lo suficientemente buenos. Somos simples, no aspiramos a llegar tan alto, a ese deseo que roza la Luna y al que solo los mejores llegan.

Habrá etapas en las que el sendero que nos lleve hasta él, sea de terciopelo, con pétalos de rosas y luces alumbrando el camino a seguir, y otras, en las que sólo encontremos espinas y golpes, decepciones. Por eso me pregunto, ¿cuándo un sueño deja de serlo para convertirse en una pesadilla, en algo que nos trastorna y enloquece?

Si pensamos seriamente en eso y no lo perdemos de vista, aunque nuestras flaquezas broten y el ánimo desaparezca, la meta siempre permanecerá en el mundo en el que vivimos. Hay que tener fe, pensar que después de la caída seremos inmunes a ese dolor, seremos más fuertes que antes, y seguiremos andando. 

Quizás algunos sueños estén hechos para eso, para andar, para crecer, para conocernos. Porque realmente, por mucho que nos queramos engañar, nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, nosotros somos los que nos ponemos los límites, los que decimos “basta, ya no más”

Caminad, luchad, creed, creed en vosotros mismos, no desistáis. Porque es así como ganáis, es así como realmente sabréis si el sueño merece la pena, si ese sueño es el que realmente queréis. Seguid haciéndoos fuertes, y dejaos sorprended. 

No seréis ni el primero ni el último que intentando conseguir algo, se da cuenta de lo que realmente quiso siempre.

 

 

 

 

Benditos momentos

    Cuando no paramos de equivocarnos y de caer en la misma piedra nos preguntamos que cuándo llegará el momento en el que aprenderemos. Sin darnos cuenta de que, esas caídas, esas señales en el alma, son las que van configurando nuestra forma de ser. 

    Aprendemos con los golpes y los reflexionamos con el tiempo. Y es la serenidad la que nos permite no cometer el mismo error dos veces, a no dejarnos llevar por el momento. 

    Malditos momentos. Al final por mucho que te hayas caído y por mucho que hayas pensado, hay momentos que te impiden actuar con la cabeza fría. Hay momentos que duran semanas, y hay momentos que duran tan solo una sonrisa. 

    Benditos momentos. Benditos aquellos que te hacen olvidar las caídas para disfrutar de cada segundo, de cada sonrisa, de cada caricia, de cada mirada. Y afortunados a los que se nos viene a la mente una persona, a una adorable persona.

 

Io e te un sogno che non finirà mai

 

 

 

A pesar de lo que somos

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   Dicen que el amor es algo que ya solo se encuentra en los libros, algunos reales, románticos, idílicos, pasionales, lujuriosos y, otros, inalcanzables y utópicos, regidos por una sucesión de acontecimientos que hacen ese amor imposible.

    Sin embargo, en nuestro día a día vemos amor por casi todos lados, y todos lo hemos sentido, ya sea correspondido o no. El amor se siente cuando nuestra personalidad desea a otra persona, cuando cada una de las características, virtudes y defectos de esta despiertan en nosotros un sentimiento, llamado amor. Si mezclamos sus facultades, sus errores, sus aciertos y lo que en nosotros despierta, sale un combinado de felicidad. Y es que, al fin y al cabo, el amor, el de verdad, el bueno, lleva a eso, lleva a ser felices a pesar del miedo que podamos tener.
     Tenemos miedo a sentir. Quizás porque la sociedad nos enseña al tener, y no al amar. Tenemos miedo a que nos rechacen, tenemos miedo a que nos hagan daño, a perder el tiempo, al que dirán, tenemos miedo por la falta de confianza en nosotros mismos, porque no sabemos si seremos lo suficientemente buenos. Tenemos defectos, tenemos miles de defectos que odiamos y pensamos que jamás nadie será capaz de soportar nuestra carga, nuestros malos días. Somos testarudos y cabezotas, ¿quién estará dispuesto a aguantar nuestras arrogancias? Somos indecisos y como se dice “quien no corre, vuela”, nadie esperará nuestras continuas reflexiones sobre si arriesgarse valdrá la pena.
     Y entonces llega el día, en el que no solo dejas atrás el miedo o el daño que te hayan podido hacer, las malas experiencias, si no que aceptas que no eres perfecto y te gustan las imperfecciones de esa persona que, además de enseñarte a querer, te enseña a quererte a ti mismo.

A pesar de lo que somos, todavía nos arriesgamos a amar. Y quien se arriesga en amor, gana en experiencia, gana en felicidad, gana en momentos, gana en euforia, gana en vida.

 

Ah, y no te arrepientas nunca de lo que hayas hecho, pues es lo que deseabas en ese momento.

Iglesia: ¿defectos y virtudes?

  Pensar en nuestros defectos …

… nos puede llevar un tiempo, algunos parecen haber nacido sabiéndolos y otros en cambio tardan la mitad de su vida en darse cuenta de ellos. Quizás siempre hemos sabido cuáles son y siempre hemos sido conscientes de aquellos nuevos que hemos ido descubriendo, el problema radica en aceptarlos y, con ello, en aceptarnos a nosotros mismos.

La típica frase de: “Nadie es perfecto” por muy tópica que suene, es más real que el hecho de que Beethoven fuese alemán. No hemos sido, ni somos, ni seremos personas sin fallos, tengamos la posición, los amigos o el trabajo que sea. Y de tan simple planteamiento llego a lo que quería llegar.

La Iglesia. ¿Suena un poco dispar, no? La Iglesia está formada por personas, y con la característica intrínseca de la imperfección. Las personas pueden ser imperfectas por culpa de la ambición, de la codicia, del placer, de la rebeldía (que en algunos casos ir a contracorriente es más una virtud), del dinero, del egoísmo, de la avaricia…  y un sin fin de carencias por las que son castigadas nuestras vidas. Criticar a la Iglesia es tan fácil como criticar al vecino del tercero, no se enterará nunca y tendrá fallos como todo el mundo tiene. La historia marca todas y cada una de las caídas morales que ha sufrido la Iglesia desde que surgió, y por supuesto, esto no es una justificación a ninguno de sus errores pues hay algunos que son injustificables. Simplemente es mostrar mi opinión a comentarios que se escuchan en el día a día en contra de la Iglesia. Es cierto aquellos hechos que recrimináis, aunque otros no, pero las personas además de defectos, también tienen virtudes.

Como cristiana, soy dura en su defectos pues soy Iglesia, y los cristianos debemos ser los más críticos hacia la institución que nos representa, o es así como yo lo siento, pero también los más fieles defensores de todos aquellos actos que dotan de sentido nuestra fe. Solo quiero mencionar a todas aquellas personas que se desviven para que aquel que no pueda comer coma, para que aquel que no tiene con quien hablar tenga días en compañía, para que aquel que vive en el mundo de las drogas salga adelante, para que aquel que no tiene posibilidad de estudiar estudie, para esa persona que es tachada de “ilegal” se sienta acogida, para que aquellas mujeres maltratadas recuperen la confianza en sí mismas, para que aquellas mujeres que tuvieron que vender su cuerpo recuperen la dignidad. Y lo mejor de todo, que no solo son “aquellos”, “aquellas”, lo mejor es que dentro de la Iglesia tú no serás un número, no serás una cifra, no serás un porcentaje, no serás uno más, serás Juan, serás María, serás Pepe, serás Lucía, serás tú.

 

Y sí, la Iglesia ha tenido muchos fallos, pero si a nosotros también nos gusta que valoren nuestras virtudes , ¿por qué no se hace lo mismo con la Iglesia?

Progreso

 Golpes. Golpes débiles. Débiles y lejanos. Lejanos e intermitentes. No eran relevantes para mí. Estaban lejos, ni si quiera podía sentirlos ni empatizar con ellos. Los golpes eran como para muchos es un mendigo, como para muchos es el respeto, como para muchos es la honestidad. En definitiva, aquellos golpes no tenían nada que ver conmigo. Algo verdaderamente sorprendente ya que, durante un tiempo, esos golpes arañaron mi alma como las piedras al coral en un fuerte oleaje.

 Por fin, dejé de escucharlos. No los oía y seguía sin sentirlos, y eso hizo que se encarnara en mi piel, que no en mi corazón, un sentimiento de indiferencia y apatía con todo lo relacionado a esos ruidos que, aunque por un breve tiempo, pudieron captar mi atención. En mí se relevaron todos aquellos deseos que estuvieron cohibidos y encerrados, dañados por esas heridas que no cicatrizaban pero que, cuando lo hicieron, sentí libertad y locura en cada poro de mi cuerpo, sentí felicidad en cada gota de lluvia, sentí frescura en las hojas de los árboles al caer, sentí la vida en cada esquina.

 Poco a poco, tras sentir la adrenalina de todos los deseos prohibidos que concebía en aquel momento, mi alma se fue deshinchando por pequeños escapes. Ni si quiera era del todo consciente, solo cuando de manera esporádica, volvía a haber algún que otro golpe. Ya no arañaba, no dolía, pero sí los sentía.

 Los golpes aumentaban mientras yo los intentaba esconder y negar en vano, ahora también gritaban. Me demandaban un cambio con un tono agonizante en medio de un ambiente de risa y diversión que confundían mis más profundos anhelos.

 Y cuando todo era un caos y los golpes ya causaban estragos, apareciste tú. Despejando cualquier nube de dudas u opresión, liberando las cadenas que me ataban a mi propia piel, hiciste que conociera verdaderamente la libertad. No quería libertad en mi piel, la quería en el amor. 

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Algo singular, así es él

Algo singular, en maneras, en formas de sentir, en tacto, en distancias, en palabras. Que afecta seas hombre o mujer, porque él no entiende de sexos, ni si quiera atiende a determinadas personalidades, le da igual que seas serio, seco, frío o cálido,
vivaz y atento, porque antes o después logrará atraparte.
Es él quien hace que ejercites la memoria, que la mejores. Es él quien hace que no se te pasen ciertas fechas desapercibidas, incluso si eres de ese tipo de persona que no recuerda el día de su santo o el nombre de una persona que ves todos los días.
Es él quien logra que superes las fronteras de tu miedo, incluso teniendo miedo al miedo. El que hace que te lances sin pensar o  hacerlo aun sabiendo que la piscina está vacía y no se llenará. Que seas un “kamikaze” en este mundo de cuadrícula, un loco que se adentra en un mundo apasionado y funesto al mismo tiempo.
Es él quien provocará que tengas un valor especial a la noche, tiempo de reflexión y de recuerdos que te penetran en el corazón sin quererlo y que te dejan desnudo ante tus deseos y tus ruinas.
Es él. Es él. También será él el que luche contra la envidia y la avaricia. Quien peleará por ti ante un ejército de decepciones, dándote siempre la esperanza como premio.
Amor. Él es amor. Que no atiende a género,ni femenino  ni masculino, solo al género indefenso.
Amor. Él es amor.
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La noche, las estrellas, la luna

   Entre todas las estrellas del cielo siempre tuve fijación por una, no tenía si quiera el mismo brillo que lucían las demás y era difícil de ver, siempre escondiéndose entre las más grandes y hermosas estrellas, intentando hacerse pasar por un planeta desconocido, para así captar la atención de todos y ser querida durante un tiempo. 

   Cuando un día la toqué, empezó a brillar más que nunca, dejó de esconderse y el cielo estaba reluciente por su intenso brillo. Fue entonces cuando comprendí que aunque algo parezca a simple vista inferior, cuando lo tratas, cuando lo tocas, cuando hablas con él, la vida se ilumina, aun siendo para los demás otra estrellas más.

   Si quieres algo, ve a por ello, sin miedo, sin balbuceos. Si quieres algo lucha por ello, aunque la sociedad te mire y piense que te estás equivocando. Porque vida solo hay una, y está en ti el ser la luna del cielo o, simplemente, una estrella más.